domingo, 26 de febrero de 2017

14625. EL PLACER DE LA LIBERTAD

Quizás ya se han apaciguado las tormentas.  

Mi mente se ve despojada, desprovista de algunas ideas, creencias, malestares, molestias que ante aquellas situaciones de confrontación o riesgo se disparan como cohetes creando una fiesta de colores fulgurantes e incandescentes que terminaban en columnas de humo opacando mis sentidos. 

Mi hábil olfato capaz de captar hasta la más mínima muestra de inconformidad, cobardía y en algunas ocasiones capaz de detectar algunas muestras de amor esparcidas como polen, se ahogaba en un ambiente fosfórico intenso que borra cualquier estela de emoción flotante en el ambiente. Mis ojos deslumbrados por las formas y colores dispersos en el firmamento de mis pensamientos perdían el foco de aquello que en realidad era infinito. Mis oídos inundados de sonidos retumbantes y estallidos impredecibles, se aturdían hasta perder la posibilidad de escuchar el sonido del silencio colmado de respuestas. La piel estremecida no podía percibir aquel roce suave y calmante del viento fresco y desprevenido que me recuerda incesante que estoy aquí en este presente. 

Pero aun cuando la tormenta se puede narrar de manera hermosa, no deja de ser tormenta. Mi corazón paralizado y agonizante esperaba el paso de la tormenta con la incertidumbre de no lograr sobrevivir, tal vez una herida más sería la última, pero con su infinita capacidad no perdía la esperanza que siempre lo invade y que le ha permitido ser fuerte siempre. 

Las batallas libradas entre mi corazón y mi razón han sido infinitas, ya he perdido la cuenta de cuantas he pasado. Ya encontrarme en el campo de batalla no es sorprendente ni inusual, pero si más fácil de sobrellevar. Al otro lado del campo de batalla, frente a mi corazón, ese caballero con el que me enfrento que carecía de rostro y que estaba rodeado por un ejército monstruoso de seres despreciables, ha empezado a mostrar su cara, cada uno de los seres de su ejército se ha ido transformando, han sufrido una metamorfosis mística y se han convertido en una maravillosa parte de mí. Nunca antes reconocida, nunca antes vista, rechazada y en ocasiones odiada, hoy está ahí perfecta y reconstruyendo al ser que soy.

La indómita necesidad de mi mente de ser libre creaba tormentas y batallas épicas. Guerras declaradas al corazón a quien consideró su peor rival. La razón también invalidada irrumpía en todo mi ser invadiéndome de sufrimiento, tristeza y melancolía. La sensación de estar atada me mantenía atada. Atada a las mismas decisiones, a los mismos círculos, a las mismas frases, a las mismas formas, a los mismos estereotipos.   

Con el tiempo el reconocimiento amoroso lo fue transformando todo, porque nunca nada es para siempre. Todo tiene su momento, todo tiene su inicio y todo tiene su fin. Mi corazón con su último aliento decidió amarse y con ello empezó a abrazar a mis pensamientos, les permitió estallar hasta la agonía, les permitió decirlo todo. Los vio transformarse mientras se liberaba de las cadenas, sin batallar, sin refutar, sin maltratar, solo permitiendo y al final y a diferencia de lo que era cada batalla, no había heridos, no había dolor, no había agonía. Tan solo el abrazo amoroso de quien acepta lo que ve porque sabe que es él mismo y que sin él mismo no puede vivir. Sorprendida en mi ser, fui despojándome de ideas que ya no tuvieron sentido. Fui ganándome a mí misma y recorriendo lugares nunca antes disfrutados, ni explorados, ni siquiera descubiertos. Fui sonriendo más para mí, fui sonriendo con el rostro, con los sentidos, con los pensamientos, fui sonriendo con el alma.  

Anoche mientras retornaba a casa luego de un largo día, por demás único. Me encontré conmigo misma mientras cantaba, tenía una melodía que mi garganta reproducía de manera espontánea dando gracias a la vida, al universo, por cada minuto vivido y construido, por lo que dejé a mi paso y por lo que traje conmigo. Al final la sensación de libertad era plena. ¡Que mágica sensación!!!!


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