Quizás ya se han apaciguado las tormentas.
Mi mente se ve despojada, desprovista de algunas ideas, creencias,
malestares, molestias que ante aquellas situaciones de confrontación o riesgo
se disparan como cohetes creando una fiesta de colores fulgurantes e
incandescentes que terminaban en columnas de humo opacando mis sentidos.
Mi hábil olfato capaz de captar hasta la más mínima muestra de
inconformidad, cobardía y en algunas ocasiones capaz de detectar algunas muestras
de amor esparcidas como polen, se ahogaba en un ambiente fosfórico intenso que
borra cualquier estela de emoción flotante en el ambiente. Mis ojos
deslumbrados por las formas y colores dispersos en el firmamento de mis
pensamientos perdían el foco de aquello que en realidad era infinito. Mis oídos
inundados de sonidos retumbantes y estallidos impredecibles, se aturdían hasta
perder la posibilidad de escuchar el sonido del silencio colmado de respuestas.
La piel estremecida no podía percibir aquel roce suave y calmante del viento
fresco y desprevenido que me recuerda incesante que estoy aquí en este
presente.
Pero aun cuando la tormenta se puede narrar de manera hermosa, no
deja de ser tormenta. Mi corazón paralizado y agonizante esperaba el paso de la
tormenta con la incertidumbre de no lograr sobrevivir, tal vez una herida más
sería la última, pero con su infinita capacidad no perdía la esperanza que
siempre lo invade y que le ha permitido ser fuerte siempre.
Las batallas libradas entre mi corazón y mi razón han sido
infinitas, ya he perdido la cuenta de cuantas he pasado. Ya encontrarme
en el campo de batalla no es sorprendente ni inusual, pero si más fácil de
sobrellevar. Al otro lado del campo de batalla, frente a mi corazón, ese
caballero con el que me enfrento que carecía de rostro y que estaba rodeado por
un ejército monstruoso de seres despreciables, ha empezado a mostrar su cara,
cada uno de los seres de su ejército se ha ido transformando, han sufrido una
metamorfosis mística y se han convertido en una maravillosa parte de mí. Nunca
antes reconocida, nunca antes vista, rechazada y en ocasiones odiada, hoy está
ahí perfecta y reconstruyendo al ser que soy.
La indómita necesidad de mi mente de ser libre creaba tormentas y
batallas épicas. Guerras declaradas al corazón a quien consideró su peor rival.
La razón también invalidada irrumpía en todo mi ser invadiéndome de
sufrimiento, tristeza y melancolía. La sensación de estar atada me mantenía
atada. Atada a las mismas decisiones, a los mismos círculos, a las mismas
frases, a las mismas formas, a los mismos estereotipos.
Con el tiempo el reconocimiento amoroso lo fue transformando todo,
porque nunca nada es para siempre. Todo tiene su momento, todo tiene su
inicio y todo tiene su fin. Mi corazón con su último aliento decidió
amarse y con ello empezó a abrazar a mis pensamientos, les permitió estallar
hasta la agonía, les permitió decirlo todo. Los vio transformarse mientras
se liberaba de las cadenas, sin batallar, sin refutar, sin maltratar, solo
permitiendo y al final y a diferencia de lo que era cada batalla, no había
heridos, no había dolor, no había agonía. Tan solo el abrazo amoroso de
quien acepta lo que ve porque sabe que es él mismo y que sin él mismo no puede
vivir. Sorprendida en mi ser, fui despojándome de ideas que ya no
tuvieron sentido. Fui ganándome a mí misma y recorriendo lugares nunca antes
disfrutados, ni explorados, ni siquiera descubiertos. Fui sonriendo más para
mí, fui sonriendo con el rostro, con los sentidos, con los pensamientos, fui
sonriendo con el alma.
Anoche mientras retornaba a casa luego de un largo día, por demás
único. Me encontré conmigo misma mientras cantaba, tenía una melodía que mi
garganta reproducía de manera espontánea dando gracias a la vida, al universo,
por cada minuto vivido y construido, por lo que dejé a mi paso y por lo que
traje conmigo. Al final la sensación de libertad era plena. ¡Que
mágica sensación!!!!
No hay comentarios:
Publicar un comentario