14627. LOS UNIVERSOS COMPARTIDOS
En el silencio de
la soledad logro conectarme con el momento más oscuro de la noche. En mi existe
una sensación entre el todo y la nada. La sensación física de no tener
dónde pisar. ¡Tengo que escribir¡ rápidamente salto de la cama para encontrarme
con las letras, que serán las encargadas de darle forma a este momento.
El atardecer del
día anterior había iniciado acompañado del re-encuentro con quien había estado
cruzando pensamientos e ideas en las últimas dos semanas. El hombre de
los atardeceres y esa mirada profunda y en ocasiones un poco perdida que
atravesaba la piel y se hundía en un mar ideas imposibles de alcanzar. Era un re-encuentro y un re-conocimiento, porque, aunque desconocido,
pertenecía a una memoria pasada. Lo había visto transitar los pasillos de
la universidad una y otra vez. Nunca fue un chico más que habitaba en ella. Era interesante verlo. Su piel blanca y su cuerpo bien formado
llamaba mi atención. Un rostro atractivo de cejas delineadas y pobladas, un
perfil afilado y cabello claro configuraban un buen cuadro, su expresión
comprendía una mezcla de amabilidad y tranquilidad. Cuando lograba
toparme con sus ojos oscuros y profundos podía ver en ellos inquietud y
movimiento, me generaba la sensación de estar y no estar ahí. Tan solo el
cruce desprevenido de saludos pálidos quedaban en el aire.
De aquello habían
pasado ya 19 años y en ese atardecer habíamos decidido encontrarnos. Que
mejor momento para el re-encuentro que al finalizar la tarde, cuando el sol se
pone y sucede la magia del atardecer. De manera pensada, yo había elegido
llegar primero para escoger un lugar que me permitiera observar el último respiro
del día. Sentada esperándolo sin ansiedad, sin sobresalto, sin expectativa,
ubicaba el ángulo en el cual me toparía con el atardecer. No tardó en llegar a
nuestro lugar de encuentro.
Una conversación desprevenida e inmediata nos
permitió continuar donde quedamos tiempo atrás, tan solo en la posibilidad de
conocernos un poco. Mientras las palabras fluyen el último destello de sol dejó
esa tarde con una mancha roja. Se agotaba el día y entregaba todo, igual que lo
hacía siempre, recordando que nada dura para siempre, pero que siempre se puede
dar todo.
Las palabras iban
y venían, los gestos, las miradas, la sonrisa, nada planeado, nada prediseñado,
sin formato, sin el afán de convencer o seducir al otro, tan solo en una charla
desprevenida y sin artilugios se construía la sensación de familiaridad
exquisita que pocas veces se logra conseguir. La noche particularmente fría acompañaba
aquel instante y el tiempo avanzaba con la velocidad propia de cuando se está
disfrutando. Nos enfrentamos de repente a la posibilidad de terminar el
encuentro, pero aún quedaban palabras por decir. La sensación un poco
infantil de no querer que el momento acabara nos lleva a caminar por el lugar
para dar larga a la despedida. La tienda de libros es un buen lugar para
continuar, de repente en medio de libros e historias se empieza a cruzar el
límite de espacio. Un cruce nos pone frente a frente y en una fracción de
segundo la sensación de un "corrientazo" estremece el centro de mi
cuerpo. Me inquieta un poco, pero todo sigue su curso normal, surge entonces la
pregunta que abre la posibilidad de continuar el encuentro. -Entonces ¿qué hacemos? Conectada con la idea de continuar disfrutando de aquella agradable
compañía que conserva esa mirada perdida y su forma atractiva, no dudo en
responder.
Entrada la noche mi
casa y una botella de vino serán los testigos del momento, no hemos parado de
conversar, todos los temas se cruzan, ninguno se termina, es como si dos
universos se hubieran encontrado y saltarán por cada una de sus galaxias y sus
mundos intentando no dejar ninguno por fuera, pero al final sin conocer
absolutamente nada, tan solo dando una vista panorámica del lugar.
La complicidad de mi balcón perfectamente puesto, nos permite
encontrarnos con la noche de Cali en el silencio, es el marco indicado para la
travesía entre mundos. De repente se nos ocurrió ponerle banda sonora al
momento. El calor del vino acompasa con la música y frío de la noche. De
repente un acercamiento pensado, una mirada fija que solicita el permiso para
aproximarse, un parpadeo suave que acepta la distancia y el primer rose de los
labios, suave, pero intenso. Se han intercambiado palabras que ahora se
transforman en caricias y con la misma fluidez y dulzura de las palabras él
entra en mi a través de mi boca. Tras explorar nuestros pensamientos,
aparece el momento de explorar nuestros espacios.
Aterrizar en el
cuerpo del otro siempre será una odisea. Entrar en su espacio supone un
permiso que se gana solo a través de ese beso intenso que va haciéndose más
veloz, más intenso, más voraz. Acompañado de caricias suaves se van
entrelazando formas y significados. Conforme se transforman los besos las
miradas tienen otra voz. El cuerpo abre sus poros para recibir las
caricias y no perder absolutamente ningún detalle. Se suaviza la piel, se
agudizan los sentidos, se alertan los lugares por donde se activa el deseo. Se calientan las partes, el flujo sanguíneo da color a los labios que
ahora si tienen la intención de seducir. Un calor atraviesa el cuerpo y
se detiene en la entrepierna, casi que jugueteando un poco.
Empiezan a
amalgamarse los olores, los sabores, se cruzan las miradas, se explora sin
temor, sin pudor. El frío ya no está, permanecerá ausente mientras se
genera el calor suficiente para lograr fundir los cuerpos. Las lenguas
inquietas recorren los espacios ocultos. Saborear al otro es un deleite,
reconocer su olor es cautivador. No hay límite, todo se puede. Transitar por
ese universo puesto ante mí para descubrir es sublime. Fundirse con el
otro es la alquimia del amor, pero fundirse con alguien a quien apenas
re-conoces requiere de una disposición abierta para explorar y disfrutar.
Podría haber
pasado la noche entera intercambiando placer, pero, así como el sol deja de
brillar, la magia termina y todo vuelve a tornarse del mismo color. Mi cuerpo
aún en deuda rechaza la despedida, pero mi mente domesticada acepta la llegada
del fin.
Tras el adiós
conciliar el sueño es un reto, no existe una promesa, no hay expectativa, solo
el pasado que se quedó atrás con un recuerdo, con una huella que con el tiempo
ira perdiendo el color. Se ha despertado el deseo guardado por un largo
periodo para no permitirme nublar mis pensamientos.
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