sábado, 4 de marzo de 2017

14633. LA HUIDA

14633. LA HUIDA.

Llegó el momento de la huida.
Ayer cuando reclamaste el derecho a tu silencio, entendí que algo se había transformado.

Cuando sin aviso rompiste aquel silencio que habías protegido, para expresar desde lo profundo de tu emoción y tu deseo, que era una mujer hermosa y que hacer el amor conmigo había sido... no recuerdo el adjetivo, "algo especial", supe desde mi ser que el momento de huir había llegado, que ibas a correr lo mas lejos que pudieras.

Antes que sentirme feliz o halagada, sentí el vacío de la proximidad del adiós. Aturdida por aquellas palabras y embriagada en la tristeza creciente, respondí sin sentido y con una torpeza destacada, intentando retener un poco mas aquella experiencia, aquellas sensaciones, aquellas emociones. De aquella amable y maravillosa compañía que había encontrado en ti. Entonces me atrevo a abrir la posibilidad de una próxima vez, con la convicción casi absoluta de que lo que estoy respondiendo es a un adiós.

Y tal como ha sido todo, sin expectativas, sin emociones extremas, sin promesa alguna, con la misma moderación, apareció un vacío enorme en mis entrañas, sin lágrimas, pero en asombro absoluto, solo puedo contemplar la sensación que me embarga y percibir la tristeza que llega hasta el corazón. Sin el corazón roto, sin la vida transformada, sin amigos compartidos, sin historias por contar. Es todo y nada.

Tan solo queda ver a través de la ventana de mi alma, como te alejas poco a poco, como tomas distancia para evitar entrar en mi y que yo entre en ti. Solo me queda contemplar tu huida, preguntándome ¿qué sucedió?  Pasó todo y no pasó nada.




14630. LA UNIDAD

14630. PENSAR EN TI.

En realidad, 
cuando dije que me descubrí pensando en ti, 
no me refería a pensar propiamente en ti.  

En realidad, 
cuando dije que estaba pensando en ti, 
me refería a que me encontré pensando en mí, 
en mí en relación al momento en el que estabas tú.

Tan solo pensaba en el momento en que estas tú ahí, 
sentado, 
conmigo, 
o tal vez solo ahí, 
sentado,
a mi lado.  

Pensaba en mí 
en la sensación que me produjo el acercamiento, 
la sensación del beso 
que siempre quiero que sea interminable, 
la sensación única 
que me genera el sentirme inevitablemente 
unida a alguien,
como si fuera la única forma posible de existencia.  

Pensaba cuando nos tocamos 
y la sensación de estar unida 
tan solo a través del cuerpo, 
de un roce interminable 
de un beso que se queda tatuado en mí, 
que tan solo ante la mínima posibilidad de ser evocado 
aviva el fuego que recorre cada vena como sangre.

En realidad,
no estaba pensando en ti,
estaba pensando en mí
y en el embriagante encanto  
de la unidad infinita.

14627. LOS UNIVERSOS COMPARTIDOS

14627. LOS UNIVERSOS COMPARTIDOS

En el silencio de la soledad logro conectarme con el momento más oscuro de la noche. En mi existe una sensación entre el todo y la nada. La sensación física de no tener dónde pisar. ¡Tengo que escribir¡  rápidamente salto de la cama para encontrarme con las letras, que serán las encargadas de darle forma a este momento.

El atardecer del día anterior había iniciado acompañado del re-encuentro con quien había estado cruzando pensamientos e ideas en las últimas dos semanas. El hombre de los atardeceres y esa mirada profunda y en ocasiones un poco perdida que atravesaba la piel y se hundía en un mar ideas imposibles de alcanzar. Era un re-encuentro y un re-conocimiento, porque, aunque desconocido, pertenecía a una memoria pasada. Lo había visto transitar los pasillos de la universidad una y otra vez. Nunca fue un chico más que habitaba en ella. Era interesante verlo. Su piel blanca y su cuerpo bien formado llamaba mi atención. Un rostro atractivo de cejas delineadas y pobladas, un perfil afilado y cabello claro configuraban un buen cuadro, su expresión comprendía una mezcla de amabilidad y tranquilidad. Cuando lograba toparme con sus ojos oscuros y profundos podía ver en ellos inquietud y movimiento, me generaba la sensación de estar y no estar ahí. Tan solo el cruce desprevenido de saludos pálidos quedaban en el aire.   

De aquello habían pasado ya 19 años y en ese atardecer habíamos decidido encontrarnos. Que mejor momento para el re-encuentro que al finalizar la tarde, cuando el sol se pone y sucede la magia del atardecer. De manera pensada, yo había elegido llegar primero para escoger un lugar que me permitiera observar el último respiro del día. Sentada esperándolo sin ansiedad, sin sobresalto, sin expectativa, ubicaba el ángulo en el cual me toparía con el atardecer. No tardó en llegar a nuestro lugar de encuentro. 

Una conversación desprevenida e inmediata nos permitió continuar donde quedamos tiempo atrás, tan solo en la posibilidad de conocernos un poco. Mientras las palabras fluyen el último destello de sol dejó esa tarde con una mancha roja. Se agotaba el día y entregaba todo, igual que lo hacía siempre, recordando que nada dura para siempre, pero que siempre se puede dar todo.

Las palabras iban y venían, los gestos, las miradas, la sonrisa, nada planeado, nada prediseñado, sin formato, sin el afán de convencer o seducir al otro, tan solo en una charla desprevenida y sin artilugios se construía la sensación de familiaridad exquisita que pocas veces se logra conseguir. La noche particularmente fría acompañaba aquel instante y el tiempo avanzaba con la velocidad propia de cuando se está disfrutando. Nos enfrentamos de repente a la posibilidad de terminar el encuentro, pero aún quedaban palabras por decir. La sensación un poco infantil de no querer que el momento acabara nos lleva a caminar por el lugar para dar larga a la despedida. La tienda de libros es un buen lugar para continuar, de repente en medio de libros e historias se empieza a cruzar el límite de espacio. Un cruce nos pone frente a frente y en una fracción de segundo la sensación de un "corrientazo" estremece el centro de mi cuerpo. Me inquieta un poco, pero todo sigue su curso normal, surge entonces la pregunta que abre la posibilidad de continuar el encuentro. -Entonces ¿qué hacemos? Conectada con la idea de continuar disfrutando de aquella agradable compañía que conserva esa mirada perdida y su forma atractiva, no dudo en responder.  

Entrada la noche mi casa y una botella de vino serán los testigos del momento, no hemos parado de conversar, todos los temas se cruzan, ninguno se termina, es como si dos universos se hubieran encontrado y saltarán por cada una de sus galaxias y sus mundos intentando no dejar ninguno por fuera, pero al final sin conocer absolutamente nada, tan solo dando una vista panorámica del lugar.

La complicidad de mi balcón perfectamente puesto, nos permite encontrarnos con la noche de Cali en el silencio, es el marco indicado para la travesía entre mundos.  De repente se nos ocurrió ponerle banda sonora al momento. El calor del vino acompasa con la música y frío de la noche. De repente un acercamiento pensado, una mirada fija que solicita el permiso para aproximarse, un parpadeo suave que acepta la distancia y el primer rose de los labios, suave, pero intenso. Se han intercambiado palabras que ahora se transforman en caricias y con la misma fluidez y dulzura de las palabras él entra en mi a través de mi boca. Tras explorar nuestros pensamientos, aparece el momento de explorar nuestros espacios.  

Aterrizar en el cuerpo del otro siempre será una odisea. Entrar en su espacio supone un permiso que se gana solo a través de ese beso intenso que va haciéndose más veloz, más intenso, más voraz. Acompañado de caricias suaves se van entrelazando formas y significados. Conforme se transforman los besos las miradas tienen otra voz. El cuerpo abre sus poros para recibir las caricias y no perder absolutamente ningún detalle. Se suaviza la piel, se agudizan los sentidos, se alertan los lugares por donde se activa el deseo. Se calientan las partes, el flujo sanguíneo da color a los labios que ahora si tienen la intención de seducir.  Un calor atraviesa el cuerpo y se detiene en la entrepierna, casi que jugueteando un poco. 

Empiezan a amalgamarse los olores, los sabores, se cruzan las miradas, se explora sin temor, sin pudor. El frío ya no está, permanecerá ausente mientras se genera el calor suficiente para lograr fundir los cuerpos. Las lenguas inquietas recorren los espacios ocultos. Saborear al otro es un deleite, reconocer su olor es cautivador. No hay límite, todo se puede. Transitar por ese universo puesto ante mí para descubrir es sublime. Fundirse con el otro es la alquimia del amor, pero fundirse con alguien a quien apenas re-conoces requiere de una disposición abierta para explorar y disfrutar. 

Podría haber pasado la noche entera intercambiando placer, pero, así como el sol deja de brillar, la magia termina y todo vuelve a tornarse del mismo color. Mi cuerpo aún en deuda rechaza la despedida, pero mi mente domesticada acepta la llegada del fin.  

Tras el adiós conciliar el sueño es un reto, no existe una promesa, no hay expectativa, solo el pasado que se quedó atrás con un recuerdo, con una huella que con el tiempo ira perdiendo el color. Se ha despertado el deseo guardado por un largo periodo para no permitirme nublar mis pensamientos.


En el momento más oscuro de la noche entre sueños y pensamientos, una sensación invade mi mente. Aquel hombre que había salido por esa puerta había dejado un universo puesto en mi mente, con tantas ideas abiertas, tantos mundos paralelos, tantas perspectivas inconclusas, que no lograba ubicarme y el vacío de la nada, la oscuridad, la inmensidad y el silencio se apoderaron de mis pensamientos cautivos. El vértigo fue inevitable. Se asoma la primera luz de la mañana dejando al lado la profunda oscuridad. Todo ha culminado.  Retorna de nuevo a la seguridad de mi universo aún un poco inexplorado, pero absolutamente seguro en su ciclo interminable de sincronía y caos.