Un verbo inerte y sin sentido. Lógicas vacías que no llevan a nada, un sin fin de círculos viciosos y perennes que parecen perpetuarte a través de una línea de tiempo interminable y eterna.
Qué es trabajar, acaso nos lo preguntamos algún día, acaso sabemos las razones lógicas que conllevan a que esta sea la palanca que permite mover la razón de existir y al mismo tiempo la socava y la vulnera hasta convertirla en polvo.
Que absurdo momento de la historia promovió que el trabajo era parte de la esencia del ser humano y por tanto un lugar de realización, de crecimiento, que enaltecía al hombre en su misión en la tierra. Cuál fue el macabro momento en que aceptamos esa premisa y la convertimos en una cruz que se debe cargar en vida para conseguir el descanso eterno y sacro en el mas allá. Qué pasó con el mas acá.
Con esto en mi cabeza me encuentro sentada en esta silla frente al computador ubicado en un piso frío y sin vida, presenciando la decadencia del ser, la muerte lenta de nuestra humanidad y nuestro deseo de vivir ante la implacable creencia de supervivencia dignificante. Veo con desprecio la manera como la dinámica implacable cae como guillotina mandando a volar el mecanismo a través del cual se piensa, se procesa y se vive.
Zoombies cuyas almas han expirado, buscan con desesperación un cerebro que les permita entender la agonía que viven, quizás tragarlos les devuelvan la luz ya perdida.
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