viernes, 23 de octubre de 2020

EL AMOR POR LA VIDA

Las mañanas bogotanas tienen un olor particular, que ha venido recuperándose a través de los días que transcurren pálidos para la humanidad. Pese a sus nubes grises de los días lluviosos, se percibe en el aire un aroma a frescura, tal vez a hierba fresca combinada con rocío.

 

En medio de esa sensación y completamente abrigada me deleito en pensamientos de buenos días, me distancian de mi rutina tan solo diecisiete minutos, que pueden sentirse como horas en la adversidad, pero que ante el goce absurdo de la pluma pasan veloces sin dejar un momento para el deleite.

 

El relato enriquecido de la segunda guerra mundial, presentado por Diana Uribe, completa la escena y da lugar a aquellos pensamientos colmados de preguntas sobre la humanidad y su sentido. Su relato poético, transporta a aquellos lugares y despierta pensamientos y emociones que la historia nunca antes había logrado despertar en mí.

 

Detenida en este espacio tiempo y absolutamente despojada de todo, evoco momentos trascendentes de la propia existencia de Colombia y percibo como un nudo se atraviesa en mi garganta. Me percato por primera vez de una sensación de dolor que me produce mi país, lleno de esperanza y embriagado en una inocencia casi estúpida. Donde las posibilidades de vernos como conjunto se ven manipuladas y tristemente estrujadas por la ausencia de lo básico. Una conjugación de aspectos imperantes desde la perspectiva material, moral y cognoscitiva, que al integrarse consolidan seres con capacidades críticas incapaces de pensar superando sus propios requerimientos.

 

Pero noto con mayor asombro que aun cuando existe uno de los aspectos que se convierte en un jugador potenciador de la "estupidez" o la inocencia absurda. Definitivamente los aspectos moral y cognoscitivo son un imperativo, pero la variable material, asegurar básicos como vivienda, alimento, salud, juega un rol decisivo en la fórmula, y pareciera que tanto el exceso, dar por hecho la existencia de estos aspectos en la vida como algo que merezco por ser yo o que debo tener por derecho; como el defecto de los factores, dar por hecho que conseguir estos mínimos es el resultado de una lucha infructuosa diaria en donde se juega la supervivencia minuto a minuto; afectan de manera significativa la capacidad de desarrollo y utilización de la moral y el conocimiento.

 

Nuestro país navega en la incertidumbre continua de la consecución de lo básico que brilla por su ausencia, mientras puede observar a través del cristal como existe un mundo que lo tiene todo, aun sin mucho esfuerzo; el hambre nubla el sentido del pueblo, que empieza a sentirse ultrajado y humillado, y que ante años de derrota empieza a ver como ser desborona el sentido moral dominante y externo impuesto por los cultos religiosos.

 

La decadencia institucional se ha venido gestando durante años, al ver la injusticia de las acciones divinas y también de aquellas cuyo deber está en protegernos. Los abusos, la poca libertad, el sentir y resentir las pocas posibilidades, la dificultad de la supervivencia diaria, ha ido minando las voluntades y el carácter jocoso y solidario y lo está transformando en un carácter salvaje capaz de llegar hasta las últimas consecuencias.

 

Se ama la vida y se muere para reivindicarla.

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