Damos por hecho tantas cosas mientras pasamos por este mundo. Entre otras muchas cosas, damos por hecho que seguiremos vivos mañana. Nos empecinamos en dejar para mañana nuestros sueños, nuestros deseos y nos empecinamos más aún en hacer de la vida, o sea del hoy, algo infructuoso, pues llegará el momento en el que se compense este gran sacrificio.
Un
discurso incrustado en nuestra mente acerca del deber hace que dejemos de lado
lo que parece ser un capricho egoísta y temporal, dejar de lado el querer es
casi un hecho heroico que da cuenta de nuestro gran sentido de responsabilidad
y nuestro compromiso con la resignación y el sacrificio para responder al
mandato social y divino.
Responder
a lo que se quiere sería un hecho reprochable, mal visto, que da cuenta de la
poca consciencia que se tiene de la vida e incluso del otro. Sin embargo, en
esta situación de hoy en la que nos estamos enfrentando de manera obligatoria a
cuestionar nuestra vida, lo que hacemos, lo que hemos hecho, lo que vamos a
hacer; cuando nos enfrentamos a la imposibilidad de hacer lo que nuestra rutina
exigía e incluso nos encontramos con la hoz de muerte rozando nuestros
hombros sin saber si seré el próximo
elegido; me pregunto si en realidad esa perspectiva del SER cimentada en el
deber tiene sentido. Si en realidad esa perspectiva, nos permite encontrarnos
con nuestra versión más pura de ser humano, o por el contrario nos lleva a
mantenernos ligados a esquemas tan irreales, tan impuestos, que nuestra vida va
perdiendo sentido, se va haciendo poca, opaca, pobre, pequeña, insignificante y
perdemos la perspectiva de la vida en su dimensión mágica e iluminada.
Quizás
el camino a recorrer sea el del querer. Encontrarse, vivirse, poderse ver a sí
mismo en tal dimensión que se pueda reconocer al otro.
Tal
vez nuestros supuestos son equivocados y lo que vale la pena es vivir, no
luchar por ser feliz, sino ser feliz. Recordar los momentos vividos y saber que
estuve ahí, que lo sentí, que lo viví, que realmente fui yo, estuve yo,
correspondía al querer no al deber.
Me
pregunto, si nuestro ser pudiera expandirse en el querer, expresarlo sin ser
juzgado, vivirlo profundamente, podría hacerse las preguntas posteriores acerca
del otro, y entonces podría suceder, que la persona en realidad pudiera sentir
al otro, y desde ese lugar entenderlo, respetarlo, incluso amarlo, con niveles más
sanos, menos restrictivos, que no implicaran fuerza y por tanto partiera de la
conexión propia del corazón con la mente.
¿Permitiría
esto desarrollar un nivel de la mente poco explorado y por pocos? Me pregunto
si ¿encontraríamos en realidad la fase más profunda de la empatía?, y si esta
conexión emocional con el otro fuera de tal nivel, que me siento parte de ese
otro y en ese momento sería imposible pensarme separado de ese otro.
Acaso
la vida como está planteada en este mundo, nos condujo a un nivel de
racionalidad que no nos permite una vida plena, feliz o más allá de estos
paradigmas románticos, nos conduce a poner fuera de nosotros todo lo que en
realidad esta adentro y tras vaciarnos, nos hace sentir perdidos, desolados,
sedientos y corremos cada día a buscar desconsolados lo que se nos ofrecen como
solución. Como zombis podemos ser controlados, dominados, manipulados, a través
de promesas de bienestar ganados a través de tu esfuerzo, sacrificio y enfoque
al deber. Un buen ser humano entonces encontrará la felicidad, plenitud y
bienestar, pero es más complejo aún porque transciende a otras dimensiones
desconocidas, como la vida después de la muerte, como promesa, para aquellos
que no pudieron disfrutar de tales beneficios en esta vida.
El
vacío permanece y se convierte en tristeza, desolación y dolor. Emociones que
se arraigan de manera tan profunda que te mantienen en un estado de pena y
sufrimiento continuo. La búsqueda se hace desesperada, intensa y hasta enferma.
Entonces probablemente aquellos que son más adaptados socialmente tan solo se
orientarán a cosas aceptadas socialmente que les permitan evadir la sensación
de vacío, quizás el alcohol, las compras, las colecciones de objetos vacíos,
sean formas de luchar por llenar ese espacio y transitar la tristeza y el dolor
de manera más llevadera e inconsciente.
Pero
existe otro grupo de personas que ignoran lo socialmente aprobado.
Sus
marcos éticos no fueron cimentados de manera fuerte y sus necesidades de llenar
el vacío y dejar de sufrir son prioridad, sobre todo, el querer hacer no se
enmarca en la conexión y empatía profunda, sino en el dolor y la tristeza que
carcome y ha hecho daño interior. Así
las cosas, el querer se dirige por caminos inhóspitos de vacío y configura
alternativas del querer y el deseo tergiversados, que provocarán sufrimiento y
dolor a otros. Esto producirá en principio una gran sensación de alivio, pero
luego se transforma en una mayor carga de sufrimiento y dolor, tristeza
profunda. Se genera un círculo vicioso. La persona que buscará a través de su
actuar errado un placer momentáneo y aliviador, que volverá a dar la vuelta y
lo llevará a sentirse de nuevo desolado, profundizando cada vez más su tristeza
y dolor y haciendo más nociva la búsqueda por satisfacción.
Tal
vez la sensación de separación sea uno de los dolores más profundos que existan
en el ser. Te deja tan desolado que no te permite expresarte y ser. Igual
sucederá con la sensación de posesión, donde se gesta la misma desolación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario