CORAZÓN DE ESPINAS
Tumbada sobre su costado miraba fijamente las rosas puestas
en la mesa, mientras en el horizonte se transformaba la noche en día. Pasaba el
tiempo sin que pudiera conciliar el sueño. Se sentía agotada. Llevaba lo que
parecía un siglo viviendo en el vaivén de sus emociones, su mente navegaba
entre los pétalos terciopelo de colores, para toparse luego con la rudeza de
los tallos espinados.
Su vida parecía perfecta. Su fortaleza se evidenciaba,
apacible, ecuánime, inalterable. Su vida había transcurrido entre el exigente
trabajo y la crianza de sus hijos. Como águila, remontaba ante la adversidad
para ver las situaciones desde arriba.
Su talante seguro y esbelto. Su cabello claro, algo
enmarañado, teñido y peinado cuidadosamente cada mañana, su piel tersa y
blanca. Sus ojos amarillos intensos que cambiaban de color con su estado de
ánimo.
La vida había pasado rápido. Miraba el espejo en ocasiones con
sensación de extrañamiento, quién era aquella mujer en la que se había
convertido. Pero marcados en la piel estaban los sin sabores y las alegrías de
su vida.
Entregada a su trabajo y sus hijos, se había olvidado del
amor. Su corazón podía esperar. Guardado en una cajita de lujo se había quedado
inmóvil aguardando su turno. -Yo no necesito un hombre a mi lado, mi vida está
completa y me siento feliz- decía sin parar. Lejos estaba de la realidad. Era
imposible que pudiera predecir el destino que la esperaba oculto detrás de la
puerta.
Tan solo bastó un café. Se había reunido esa tarde con aquel
hombre que, se suponía, tan solo sería un contacto más para su trabajo.
Flechado por la luz de su presencia, no pudo evitar llamarla de nuevo para
manifestarle su gran admiración. Sus palabras la tomaron por sorpresa y sin
armadura entraron directo en su corazón inmóvil que de repente palpitó.
La pasmó la sensación. Su vida ya no tenía esos altibajos.
Los colores que habían empezado a perder nitidez, ganaron luz y
resplandecieron. Su corazón palpitaba de nuevo, enviaba electricidad a todo el
cuerpo que se alteraba hasta el temblor. La sensación de placer infinito ganaba
espacio y se tornaba adictivo.
Aquel hombre había abierto esa caja, había sacado de ella su
corazón pasmado y lo había bombeado hasta conseguir latidos fuertes, casi
juveniles. Cuando lo tuvo en sus manos le había dado caricias, ternura, lo
había colmado hasta casi la saciedad. De nuevo bombeaba su corazón y ella
sentía la electricidad de la vida.
No bastó con ello, un día él decidió que debía poseerla, que
no podía perder aquel corazón, que quería esa luz para él. Entonces lo apretó
fuerte para no dejarlo ir. Y así, por primera vez, el placer se convirtió en
dolor intenso, pero momentáneo. Ella lo ignoró. No quiso hacer caso a aquel
aviso, no quiso pensar que ese amor fuera a doler.
Ella continuo con su vida, entre el trabajo y los hijos,
acompañada de una sonrisa desbordada. Él sintió que la perdía. ¿Por qué ponía
atención a tantas cosas? Él quería ser lo más importante. Así que tomó de nuevo
su corazón palpitante y lo comprimió contra su pecho, tenía el deseo de hacerlo
suyo, tragarlo tal vez. En ella apareció de nuevo el dolor, ahora su pecho
estaba aprisionado y lo que había sido una electricidad revitalizante y se fue transformando
y empezó a ser una opresión asfixiante.
De repente no le entraba el aire. La electricidad se
convirtió en choques eléctricos punzantes. El brillo de los colores se cubrió
de una capa gris. No entendió lo que sucedía: ella lo amaba y él a ella. Sin
embargo, sentía un profundo dolor.
Él empezó a no soportar su ausencia y quiso tenerla siempre
a su lado, tomó de nuevo en sus manos su corazón y susurró -nadie te necesita,
el único que en realidad te ama y te necesita soy yo-. No supo que sentir, pero
la tristeza la invadió. Su cuerpo se encogió para soportarlo, sus hombros se
echaron hacia adelante para sobrellevar aquel inmenso dolor. Su garganta
apretaba, ya no podía decir, el silencio se apoderó de ella. Ella sabía que él
la amaba y ella lo amaba a él.
Su talante seguro y esbelto se transformó en uno inseguro y
desgarbado. El brillo de sus ojos se fue apagando, junto con su luz. Él no
podía entender lo que le estaba sucediendo, necesitaba su luz. Entonces con
desesperación tomó de nuevo su corazón entre sus manos para hacerlo reaccionar,
lo bombeo fuerte para revivirlo, pero ella parecía perder más fuerza. Angustiado
y perdido lo sacudió, apenas se estremeció. Él pensó que moría, así que lanzó
fuerte su mano contra aquel corazón para devolverlo a la vida.
Ese último golpe rompió en ella la luz y su brillo se apagó.
Aturdida no podía comprender lo sucedido.
Ella lo amaba y él a ella también.
No podía pensar, no podía comprender. No entendía la razón
de su dolor. Ella lo amaba, pero cada acercamiento dolía más que el anterior.
Los pétalos ya no tenían color y su corazón colmado de espinas, sufría la
tortura ante cada palpitar.
Su vida continuaba, su entorno la requería, le exigía volver
en sí. Ella no los podía ver, al final de todo no la necesitaban. Se le veía
ausente, desconectada, desconcertada. Miraba con extrañeza la vida mientras
todos a su alrededor luchaban por recuperarla.
Abstraída en sí misma no podía escucharlos. Sin aire,
perdida, casi sin vida recordó remontar, salir.
Con la poca fuerza que encontró en lo profundo de su ser abrió
sus alas y voló, entonces pudo ver, pudo sentir y lloró, solo tumbada sobre su
costado mientras contemplaba las rosas y sus espinas.